Omar Etcheverry

DICOTOMÍA PARA CAMBIEMOS. SER POPULARES O SER RESPONSABLES. POR ÁLVARO de LAMADRID.

Guillermo Ibarra

Los argentinos sufrimos años de imposición desde el poder durante el gobierno kirchnerista. Lo que hoy se denomina la grieta no es otra cosa que el avasallamiento enfermizo de las instituciones valiéndose de una mayoría momentánea para someter reglas y leyes a favor de los designios oportunistas del poder.

La corrupción ha sido la consecuencia natural e inevitable de la acumulación de un poder gigante sin controles ni contrapesos en un clima de anulación del debate político.

Eso nos debe dejar dos enseñanzas. La primera es que la imposición es el antónimo de la deliberación y la segunda, que esta actitud de clara concepción antidemocrática, puesto que la política no es ni más ni menos que proporcionar la garantía institucional del debate, las diferencias y la confrontación de ideas, anuló el disenso.

En ese contexto, veo con preocupación que se fundamente que lograr la unidad y evitar a como dé lugar las primarias abiertas simultáneas y obligatorias (PASO) es condición para asegurar un mejor futuro y es beneficioso para el país. Ello significa que no hemos aprendido nada de lo que nos pasó en estos años.

El tiempo del ahora requiere que se reemplacen las unidades obligadas por la oportunidad de entendernos. Las unidades obligadas impiden deliberar, lo que genera un proceso de empobrecimiento del debate que sofoca cualquier discusión seria de los problemas que debemos discutir.

Esta actitud de privilegiar la urgencia y la conveniencia, trastocando y desfigurando las reglas del sistema con oportunismo, son un pésimo síntoma y resultan una desconexión de los principios con los cuales nació Cambiemos. No se puede decir que la condición del cambio es hacer cosas parecidas a aquello que se viene a cambiar.

Si estaba mal espiar, no hay que espiar. Si estaba mal destratar, no hay que destratar. Si estaba mal no debatir, no hay que no debatir. No hay cambio posible si no cambiamos prácticas y métodos dañinos para la sanidad republicana. Los cambios de verdad se acompañan con ejemplos que muestran esa voluntad de cambio.

Volver a generar un sistema de poder concentrado ejercido con pocos y escasos límites y querer hacerlo a la medida de los intereses de unos pocos es reproducir males que causaron mucho daño. El kirchnerismo nos enseñó que el poder sin control siempre oprime.

La exclusión del radicalismo de Cambiemos en CABA esconde una preocupación perdidosa de Horacio Rodríguez Larreta, más allá de los argumentos falaces y de destrato a la Unión Cívica Radical (UCR) con que funda su decisión.

Me preocupa y sorprende que Elisa Carrió avale esta decisión, quien siempre mostró una actitud de respeto lineal a una de las reglas de oro de la democracia: que las mayorías no pueden hacer de las reglas del sistema un traje a medida de la conveniencia de momento del poder de turno.

Pero mucho más preocupante es sostener, como hacen los seguidores de Jaime Durán Barba en el PRO, que esto se trata de elegir entre esto o el pasado. Cuidado. Los enemigos del futuro no son sólo aquellos que quieren volver al pasado, sino también los que defienden el futuro pero mal.

Me provoca un déjà vu esta estrategia. Es la misma que utilizó Kirchner, que denostó los noventa, de los cuales formó parte, usó al menemismo para la construcción de su proyecto de poder hegemónico y no investigó esa corrupción de los noventa, pero nos decía que era eso o volver al pasado.

En estos últimos 12 años alcé la voz intentado que se escuchara que no eran los noventa lo que se estaba viviendo, sino que debíamos ir hacia otro lugar y abandonar estas antiguas fábulas que nos trajeron las míticas tragedias que padecimos.

Si hacemos lo mismo, sólo estaremos generando acciones que bien podrían incubar irresponsablemente nuevas ráfagas de ocasos, al ratificar, privilegiando el corto plazo y la visión permanencista del poder, la pesada decadencia institucional que arrastramos.

La historia nos muestra que perder no es dejar de tener razón. Ganar una elección, por el contrario, no asegura tener razón. Esto es así porque tener razón, como expliqué por años recorriendo el país y haciendo docencia, no depende de tener la mayoría.

Existe una idea que no es democrática de determinadas mayorías que consideran que, si uno tiene la mayoría, tiene, además de esta, la razón y la verdad. Esta locura determinaría que luego de una elección todos nos deberíamos hacer oficialistas porque quien ganó tiene la razón y la verdad. Ese hipotético consenso absoluto, permanente y sostenido, si así fuera, terminaría con la democracia, dado que sepultaría sus principales presupuestos, que son garantizar la alternancia y el disenso.

Esto sería fatal para la democracia. De tal modo, la regla es el disenso y el consenso es la excepción en democracia. El consenso es un horizonte que nunca se alcanza pero para lo cual se debe trabajar.

El disenso no excluye el consenso, pero el disenso es la regla. Cambiemos nació para cambiar las unidades obligadas que le sustrajeron a la vida pública el debate de los grandes temas nacionales y la posibilidad de discutir el futuro.

La política es configurar el futuro, por eso tiene más de prospectiva y predicción que de recuerdo y pasado. El futuro tiene malos abogados en el presente. Ser un buen abogado del futuro es tener claro que la política no garantiza la unidad sino que es abogada del disenso.

Ese es nuestro dilema, que el corto plazo, la conveniencia del momento, el oportunismo y lo instantáneo dejen de tener un peso tan negativo sobre las instituciones, como resultado de esa irresponsabilidad. Hoy la verdadera dicotomía se plantea entre querer ser popular o ser responsables.

Los radicales de CABA elegimos ser responsables, porque sabemos que querer ser popular a como dé lugar y de modo irresponsable es ser populista. Ser responsables es no mantenerse imparciales frente a falacias y mentiras. El PRO no está fortaleciendo Cambiemos, está privilegiando fortalecer su proyecto de poder.

Somos lo que nos pasó. Y lo que nos pasó nos debe ayudar a aprender. Los pueblos que no aprenden de su pasado, decía Ortega y Gasset, terminan deglutidos por este. Ramón del Valle Inclán nos decía asimismo con brillantez: quien sabe del pasado sabe del porvenir.

El pasado es para aprender y no tropezar con la misma piedra, para superarnos y no repetir errores. Aprender no es solamente cambiar, sino crecer y evolucionar como sociedad.

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